miércoles, 4 de enero de 2017

Distorsiones




   


     André Kertész (1894, Hungría – 1985, USA), su nombre real Andor Kertész, es uno de los grandes nombres del fotoperiodismo del siglo XX. Es conocido por sus contribuciones a la composición fotográfica y por sus esfuerzos para establecer y desarrollar el ensayo fotográfico. Durante los primeros años de su carrera, sus trabajos no fueron apreciados debido a sus ángulos poco ortodoxos y a su deseo de conservar un estilo fotográfico personal. Incluso al final de su vida Kertész consideró que no había obtenido el reconocimiento que merecía. Actualmente, es considerado una de las figuras más influyentes del periodismo fotográfico.


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   Kertész emigró a París en 1925.Cuna de  escritores, escultores, pintores, poetas, fotógrafos; todos buscaban allí un refugio vanguardista para que su inspiración y creatividad se desarrollaran a un nivel modernista. El ambiente bohemio se podía masticar en los centros de reunión donde se daban cita todos estos artistas. Conversaban, discutían y cambiaban opiniones  sobre sus inquietudes en la vida y, sobre todo, hablaban de artre.
Picasso, Man Ray, Matisse, Hemingway, entre otros, rompieron la tradición y apostaron por un estilo y una técnica nuevos. 

Le Dome Café:
   Con el fin de la Primera Guerra Mundial, París se convirtió en la ciudad preferida de muchos artistas. Cuando Kertész llegó a París apenas hablaba francés, pero eso era lo de menos, la comunidad que él se encontró estaba al margen de la lengua francesa.
   Inmerso en la vanguardia artística, es cuando comienza a crear Distorsiones, en 1933, una serie de 200 fotografías realizadas con dos modelos desnudos en distintas poses frente a varios espejos deformantes. Una serie que supuestamente creó bajo la influencia de Picasso, Jean Arp y Henry Moore, y que despertó, poco después, el interés de Alfred Stieglitz en Nueva york.
   Este trabajo de tintes surrealista fue un paso innovador y vanguardista que rompió con las formas de tratar el desnudo hasta ese momento. Hoy en día se podría afirmar que sus Distorsiones conservan su carácter vanguardista.



Rafael Roa Fotografía y más | Las Distorsiones de André Kertész:                 Rafael Roa Fotografía y más | Las Distorsiones de André Kertész:  

Rafael Roa Fotografía y más | Las Distorsiones de André Kertész:                André Kertész:



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lunes, 26 de diciembre de 2016

Carlitos

   



   


  Carlitos  terminó de almorzar y se preparaba para una sesión de  Sálvate. Colocó una cajita de media docena de dulces de chocolate, rellenos de nata, en la mesita que había junto a él. Le costaría llegar a los dulces, sus ciento veinticuatro kilos de humanidad no se lo ponían nada fácil.
    «¡Y ahora comienza… Sálvate!» — resonó  una potente voz en el salón.
     Carlitos clavó la mirada en el televisor: un grupo de personas se enfrascaban en un largo debate lleno de reproches sin sentido y de gestos que descubrían un desequilibrio mental grave.
    El programa había consumido su primera media hora.  Carlitos seguía igual que el primer minuto: con los ojos desencajados y la boca abierta; un fino hilo de baba emergía de la comisura de sus labios para morir en su voluminoso pecho.
   —¡Carlos ven! —dijo alguien desde una habitación de la casa; era una voz sin fuerza, casi quebrada.
    —¡Ahora no! —gritó Carlitos mientras aumentaba el volumen del  televisor.
    Ya me va a chafar el programa. Todos los días igual. ¡Qué pesadez!
    Con gesto de enfado e inclinándose con gran dificultad hacia la mesita, agarró un dulce y se lo zampó en un santiamén.
    Los personajes de Sálvate  discutían acaloradamente  por un tema de cuernos; el presentador —un tipo bajito con cara de intelectual— intentaba poner orden chillando aún más que el resto. El caos era tremendo. Solo faltaba que en el plató aparecieran los hermanos Marx.
    —¡Carlos por favor!
     —Joder con la Belén, qué gorda se ha puesto. Vaya tripa que ha echado la tía—dijo el gordinflón mientras reía.
    El segundo dulce cayó de inmediato. Una mancha de chocolate adornó la grasienta cara de Carlitos.
    El calor era insoportable. Las ventanas permanecían  cerradas y las cortinas plegadas.   Carlitos sudaba a chorros.
    —¡Carlosss! —la voz era cada vez más tenue, llegaba al salón casi sin fuerza.
    El gordo se levantó del gastado sofá y se dirigió hacia la habitación, cruzando el estrecho pasillo con paso rápido.
    En una cama, flanqueada por  barrotes a ambos lados,  yacía un viejo enfermo con los ojos hundidos y con gesto de desesperación. La habitación olía a demonios.   No entraba claridad por ningún lado; solo la tenue luz de una lamparita que había en la mesita de noche hacía posible distinguir entre la penumbra el casi inerte cuerpo del padre de Carlos, que, con un gesto de pena, intentaba decir algo a su hijo.
   Sin dirigir la mirada al pobre viejo, cerró la puerta de la habitación, dio media vuelta y cogió el camino directo al sofá, no sin antes cerrar también la puerta del salón. Se sentó, acomodó la cajita de dulces en sus gordas piernas, y, con una leve sonrisa, siguió con atención los interesantes acontecimientos que relataba el programa televisivo.
   

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La fiesta











  La música rebotaba sin descanso por las paredes del pequeño salón; violaba los tímpanos de las almas que al son de su ritmo se dejaban llevar.   El olor a alcohol y  porros reinaba en la atestada habitación, se podía masticar en cada rincón. La única ventana que había, permanecía cerrada, “prohibido abrirla, así  nos colocaremos más”, ordenó Marga con tono irónico a los allí presente.
—¿De dónde coño has sacado esta basura? ­—le preguntó Clarice a Marga
­—¡Eh! Relájate. Son  todos amigos. Vamos, disfruta el momento y… cambia esa cara joder —le contestó Marga mientras acariciaba suavemente la mejilla de Clarice.
   Marga, con un rápido movimiento de cabeza, se acercó a Clarice y le dio un beso. Sus labios se sellaron dulcemente y, en un segundo, sus húmedas lenguas se encontraron casi sin quererlo;  se dejaron llevar por el contacto del viscoso líquido. Los dos músculos jugaban enredados en una batalla sin tregua, una batalla que, con un movimiento brusco, dio por finalizada Clarice. El Gin –tonic que tenía agarrado se derramó ensuciándole el pantalón vaquero.
—¡Qué coño haces! —dijo Clarice algo contrariada.
—Venga ya, si te ha gustado —respondió su contrincante con una pícara sonrisa.
—¡Zorra! ¡Que te den! —le dijo Clarice.
   Clarice se apartó y se refugió en un sofá situado en un rincón del salón. Mientras apuraba el poco alcohol que le quedaba, palpaba con insistencia una fotografía que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Con la mirada perdida,  observaba a la gente que bailaba y reía sin parar. Un hombre algo más joven que ella se sentó a su lado. Tenía el pelo alborotado, algo descuidado, pero era de un atractivo desafiante. Estaba fumando un gran porro de maría.
   —¿Quieres unas caladitas? Te vendrá bien.
   —¿Me vendrá bien? ¿Qué eres?¿Un puto psicólogo? —le dijo Clarice mientras sacaba la mano del bolsillo de su chaqueta.
—Eh, ¿eso qué es? ¿una fotografía?
—¿A ti qué mierda te importa? —le contestó Clarice.
   La chica se levantó sin mirar al joven del pelo alborotado, y este se encogió de hombros a la vez que le daba una gran calada al agónico petardo.
   Clarice no sabía qué hacer. Estaba perdida entre una multitud que le creaba un infinito desasosiego. Miró a la puerta de la casa decidida a largarse de allí, pero al dar un par de pasos se le cruzó un chico que estaba medio borracho; tropezó con ella, derramando parte de una cerveza en la chaqueta negra de Clarice.
   —Vaya mierda de día... ¡ Joder! —dijo Clarice con pesadumbre.
   El medio borracho intentó disculparse con ella, pero no le dio tiempo: Clarice se dirigió como un rayo al cuarto de baño para intentar limpiar su chaqueta, dándole la espalda al tipo que se quedó con cara de póquer. Echó el pestillo y se encontró allí sola, casi en silencio. Se miró al espejo, sin pestañear, sin mover un solo músculo facial. Por su cabeza empezaron a circular  imágenes del pasado, recordó ciertos momentos en que su vida era otra, totalmente distinta a la de ahora. Sus ojos se humedecieron por un momento y ella, con un lento movimiento, sacó la fotografía que tenía guardada con recelo y la observó durante unos segundos. En el mismo instante en que iba a estrujarla, romperla y tirarla por el váter, llamaron insistentemente a la puerta: la voz de Marga repetía su nombre reiteradamente. Clarice abrió la puerta, aún con la fotografía en la mano y los ojos llorosos, y vio a Marga que mostraba una amplia sonrisa.
   —Eh. ¿Qué sucede? Vamos, diviértete —Le dijo Marga tendiéndole la mano.
   Clarice se secó las lágrimas, le dio su mano a Marga y, guardando de nuevo la fotografía, se diluyó entre aquellos desconocidos.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Arena





El sol pegaba fuerte; sus rayos acariciaban con un insolente deseo su delicada piel: competían por ser el primero en traspasar tan pálida superficie. Él buscaba, sorteando innumerables toallas, un rescoldo de sombra donde ponerse a salvo del fulgor estelar.
   En la huida, notaba como el calor de la arena taladraba, cada vez con más agresividad, sus pies ligeros. Por fin se puso a salvo, justo al lado de su madre, bajo la sombrilla de desgastados colores que los acompañaba cada domingo, desde hacía ya unos cuantos veranos. Tenía un par de alambres rotos, pero su padre, que era muy mañoso, la situación económica así lo requería, se las apañó para arreglarlos con un par de pequeñas cuerdas que permitieron que la sombrilla volviera a abrirse mostrando todo su deslucido esplendor.
   —Pedro, hijo… ¿has visto a tu padre? —le preguntó su madre con voz temblorosa.
   —No, está nadando.
   —Sí, ya lo sé, pero es que hace ya un buen rato. ¿Por qué no te acercas a la orilla? A ver si lo ves.
   El niño, que miraba con atención a unos chicos que jugaban a la pelota, no se lo podía creer. Le había costado sudores llegar hasta allí y ahora… otra vez tenía que volver atrás. Por su cabeza pasó una negativa como respuesta. ¡Al diablo con mi madre y su depresión! No le aguanto ninguna más de sus estúpidas paranoias; pero al girar la cabeza vio el angustiado rostro de su madre, por su piel de marfil corría lentamente una lágrima.
   —No te preocupes mamá, ya regresará —le contestó con voz dulce.
   —Por favor hijo, mira a ver si lo ves.
   Pedro, todavía con la mirada clavada en los chicos que se lo pasaban en grande jugando en la orilla,  hizo de nuevo el mismo recorrido: las mismas toallas, el mismo dolor punzante en sus pies, los mismos pasos otra vez.
   El mar estaba rebosante de personas, el calor así lo mandaba. El niño, que era de baja estatura, se puso de puntillas intentando averiguar donde diablos estaba su padre. No lo podía distinguir entre tantas figuras. «Si está nadando lejos será imposible que lo vea», pensó Pedro.
   De repente se sintió indefenso, asustado. Es verdad que llevaba bastante rato nadando, más de lo habitual. ¿Y si le hubiera pasado algo? Un calambre, por ejemplo, si le ha pillado lejos…
   El susto se convirtió en pánico y su pequeño cuerpo comenzó a temblar. Miró a su madre, que ya se encontraba de pie con apreciables síntomas de nerviosismo, y decidió ir a su lado.
   Mamá no lo veo.
   —¿Qué hacemos Pedro?
   El niño al ver como la madre lloraba ya con insistencia, agarró fuertemente su mano para intentar tranquilizarla, aunque él estaba peor. La gente de alrededor comenzó a murmurar y justo cuando un hombre de pelo cano se estaba acercando hacia ellos, apareció ante Pedro y su madre otro hombre de estatura alta y de brazos acostumbrados a muchas horas de duro trabajo. Se acercó a su madre y con un tierno beso en la mejilla, apaciguó por completo el estado de ansiedad de esta. El hombre se agachó con lentitud para coger un pañuelo gris y secó las lágrimas de la mujer. Se volvió hacia Pedro, le mesó los cabellos rubios y le dijo, dándole su áspera mano: Hijo, ¿vamos a la orilla a hacer castillos de arena?